jueves, 23 de enero de 2014

Profeta del monte Ida, ninfa de la montaña niña profeta ciudadana del vino.


Sólo tengo este transcurso.  Un mediodía y esta boca.
Esta agridulce escala que desciende y asciende.
Cada día la llama que prende
la cera sobre el tic tac.

Mi rostro muestra grietas habladoras
que no me esmero en ocultar
como un barco que parte y parte
en la tarde cuando la luz atenúa su pabilo.

Han llegado de la rampla insípida
los baúles,
yo no me vuelco hacia el sol
cuando la brasa me está quemando,
pero busco,  mis manos escarban
la gris espuma
la alba niebla
la pluma grácil,
en los días que mi arruga se encoge.

Hay muchas formas de respirar a ras del mar
cantándole bajito a la gaviota
en su huella pisada en el agua recurrente,
hay nubes en mis estómago que se deslizan
una hermana que alienta
en el fragor de la pesadilla,
lento camino,   aun cuando sé que los oquedales
el viento  ha tumbado a los muros,
y yo nombro las formas, me las repito
para disfrutar todavía.


Espero como el agua llega a la explanada
turbulenta,
llena de algas y corales y negras piedras,
nadar en el aire con la sien alzada,
callar  me sale más sencillo que sumergir
la cabeza
y hacer que puedo morir.
Las ansias me  pierden, pero sigo repitiéndome
que abandonaré este hábito,
de maquillarme cada noche antes de amanecer.


Si no quieres nos das el cuerpo para su caricia,
no estás segura si durará el cuarto iluminado,
tú lo quieres casto,
gallardo
y sentimental,
¿qué dio en los lugares glamorosos
donde te lucías ataviada?


Le dije que muchos años pasaría sin acoger su cuerpo
pues fueron los verdugos que soñaron
y golpearon los  huesos diminutos
y los más grandes,
la escala vuelve a ensombrecerme,
mi mano lleva cinco dedos y no olvido el tiempo al contar 
la retahíla de ceños hacia mis ojos,
sin cumpleaños  quedamos,
sin la copa
sin burbujas,
hasta apagarse todo entusiasmo.



Tú que paseas ante la vista de los marinos
para que se inclinen ante tu figura
y el terciopelo acalle al fin el roce,
sabemos lo sensoriales que son nuestros gentiles,
luego la cara de piedra,
hay un yugo personal que no conocen,
la culpa de no  rendirnos.


Nubes que se cuajaron a la hora de la siesta
y cerradas las cortinas esperó
que golpearan con el  vaso y la botella para continuar
brindando ,
no se oyó de ella ningún clamor,
la horma de la tarde es ese gimoteo ardiente que no es capaz aún
de mejorar lo estropeado,
sonríe como lo hace la niña conocida en el barrio,
la que canta blues y rancheras,
la que le hace a todo para despertar al vecindario
se da cuenta que la realidad la inventamos,
y así nos vamos pataleando para vivir la vida
a como dé lugar.


Oh esta quilla que me desarma,
soy un filo
para esconder a la fuerza  mis  plumas quemadas,
muchas veces
quemadas,
furtiva lanza que me escribe en la frente una lágrima,
será mi fin antes que  otros,
hablo en un papel  con la  escritura mojada,
su voz  me cubre la garganta
para que no me oigan,
y me tapa
para que nadie me conozca.



Soy el sexo hambriento abriendo el fuego
callejero de los dioses,
soy la cola golpeadora
no solo espanta moscas,
sino que saca ensueños que sangran de dolor
en los abandonados, los desterrados
los moribundos o mal dotados,
tengo un vaivén melodramático,
soy sangría en la aurora
de los peces
en las recónditas moradas
perdidas y disidentes,
ya no hay sabor,  por eso salto de alegría,
para hacer salir almíbar u otra secreción
de entre mis codos
y que me sigan.
Dar un paseo inolvidable.

  


Cuando era adolescente en un cofre de color gris
plateado de  lunas ingenuas
guardaba una lista amplia
de corazones aislados al humo
de los infiernos
y las fechorías
de las que salía incólume, esto es,
nadie me apuntó con el dedo al salir rebosante de dicha
aureolada de aromas  íntimos,
de brazos moldeando  viriles formas del aire,
nadie me llamó suelta, nadie me dijo que eso no se hacía hasta casarme,
y yo recuerdo ahora
esos nombres generosos
que no me abandonaron,
que en el mar se zambulleron conmigo como pez y sirena,
los recuerdo muchachos de entonces, antes del golpe recuerdo, 
antes que tantos soñadores y deseosos de amar los rumbos
se quedaron
en un lugar inexistente,
esa lista de amores,
esa lista que enmarcaré sin falta
aunque no me la crean mis nietos.
Yo también  tuve sueños de ese tipo.






Profeta del monte Ida, ninfa de la montaña niña profeta ciudadana del vino. 

1 comentario:

JOSÉ LUIS MORANTE dijo...

Es mi primera entrada en tu blog, Ana Rosa, y por tanto corresponde enviarte un saludo cordial desde Rivas (Madrid, España) y la esperanza de una senda común de amistad y poesía.

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DAVID FERNANDO DUKE - PINTOR SALVADOREÑO

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