viernes, 21 de diciembre de 2012

Del libro Inédito : ISLA AL GARETE


I

He de quedarme solo,
solo mirando el mar.

Los muertos no han muerto
mira tu dedo
cómo sangra cómo gotea y te escribe en cursiva 
sobre el cemento
con las letras inconclusas
¡ tu respiración se agita¡

¿qué me cuentas de  las nubes que ponen como  urnas  en el   cielo
ante tus ojos cuando tu sed solo quiere saciarse?

Te he visto triste en la acera  
sin vivienda
dónde lee las líneas tu madre que rompió sus huesos en el camino
con sus ojos lámparas
definitivos.
Eres su luz que sigues y 
eres ronda de pájaros en las nubes
que contemplas,

canción rotunda que te altera el cuerpo
como en una oscura selva.

Eres el corto vuelo  del tiempo
la matriz tibia que te abandonó.


El vins santo del  río que contemplo
sudando
el santo vino
como una esperanza fantasiosa.

Los carpinteros de antaño reconstruyen en las sombrías
garitas templos de  madera,
mientras 
el  agua que estila sobre mi  sombrero me trae la nostalgia del escuálido calor sobre los trigos y unos pumas diseñados
en la atmósfera,

todo se derrite como  un chocolate al sol,
amargo dulce masticando arena entre los labios adherida, 
distorsiónase la voz,

en las montañas inalcanzables bebió raro  sorbo  

hundiéndose en el pecho
un mudo alarido. 

Esperé con la copa entre mis dedos
con seres extraños de dos ojos bajo la frente
y la nariz sobre la boca,

y el agua tibia que bebo
tiene olor a sangre.


Huertos maravillados
que hoy leemos en un cuento de hadas.

Iré a coger tu manos,
perdiéndome entre huertos nuestros,
buscarte entre la broza sórdida,
para no perder la energía de los tallos 
que van acusándose
entrelazos,
en las vertientes
y son inaccesibles.

La regata
o la negra vestidura de las aves
sobre los árboles mirándonos,

erguidas pacientemente
hacia el aire suyo,
sin preocupación que mueran recalentadas
por el sol que admiran,
la regata,
el santuario,
las luces en la tarde
de vuelta del zarpe mágico.


No me mires con tus ojos ciegos
que no quiero ser invisible.

Mi casa,
mi casa donde escondo los remiendos
que solo me avergüenzan a mí,

la casa en cuyo patio el cerezo florece
los trajes se engarzan en los espinos,
y  los antifaces,
las máscaras se derriten,

la alarma en sordina a medianoche
nos recuerda lo que nos dijo el nigromante
con su lengua helada:

el patio está cerrado, 
no entran niños.

Todo se deshizo en un círculo de nieve
en mi corazón:

Esta, mi madera que abrigó a los hijos,
la que oculta el feto entre las tablas,
esta casa oscura y clara,

esta casa que el fuego deshizo su corteza
cubierta de óleos,
las temblantes soledades  de las noches narradoras,
y  bautizados  en el calendario chino
los  gorjeos  del recienacido

son la voz que gime y se arrastra sobre el alfeizar
por las murallas y por mi espalda remendada, 
por las cicatrices de mi cuerpo entero, 


esta casa se construyó en alerce milenario,
y cada círculo es un siglo,
entre las paredes internas con mi licor 
que tantas veces hice callar.


Qué silencio entre estridencias
qué oscuridad de los incendios.


¿Quién hablará  a las plantas hoy?
¿Quién le dará el grito al mar?
¿Quién anunciará los remezones telúricos solemnemente?

Ya no le pondrás cerco a la ebriedad que compuso las serenatas del Schubert.
La macabra indolencia de los que no se asoman a la ventana.
Quien dudó abrir la puerta,
quien solo escuchó recogida entre paredes
detrás de todo.
El sol con su tormenta
seguirá anunciándonos en vano
el fin del mundo.



II

No somos dios ni nada que se le parezca.


El caracol se desliza bajo su caparazón,
él  existe,
solo existe para mí
porque escribo de él en mi poema,
lo  pisoteo y cruje.

Existimos
y si dejamos de respirar
mientras caen los asesinos
desde las ramas de los árboles,
no sabremos del caracol,
ni de lo que habremos sido
nosotros
antes de morirnos
bajo los árboles.
Ahora,
que soy un caracol sobreviviente.




Haré lo posible
para que no me hagas falta.

Como un histrión retuerce sus piernas
y  monta esa escalera
como en un dragón
como cadenas enterradas
como la dulcinea  luce sus ojos,

todo es válido para dar con el puro aire
como el  mar que derrite los  glaciares

ser la máquina tierna de las plazas
remedar  a los antiguos hombres del campo,
aunque sea incoherente
decirle a las hojas que no vuelen.

Nadie es culpable.



Adoro el imán de los souvenirs
Que no tienen conciencia de viajes.

No vendrá nadie a justificar mi razón de vivir.

Yo habito en el río con mis párpados abiertos
en la pluma negra del cormorán,
en el  vértigo de la sombra  que lo ve pasar,
del  fuego  que me agrieta ,  que mi voz delata
los bosques azules de los chamanes.

No es la sombra  que labora en los sueños
sueños que no pudieron escribirse.
Sin embargo,
es el mar que  murmura arrimándose a la orilla
allí las personas corren aprisa
en las ciudades quebradas,
buscan amor en los viejos  trigos,
en las tardes que moja el techo
en las casas sobre  cerros,
y en la invitación olvidada.


Es la madre mía que cosió historias
que  heredó lejanos arrullos,
en los besos antiguos,
en los frutos que con obstinación lucen en las estrellas,
en la copa de los pájaros lentos,
que dialogan con la hija cautiva
que  le dio un apellido a la oscuridad,
dará la miel del pez sobre su mano,
bajará a un limbo hondo y eterno,
será un esqueleto,

así casi desprovisto,
arreglé mi equipaje y el paisaje abrió su sendero,
arreglé mi ropa y el rostro borró sus ojos,

las campanas acallan su tañido
la oigo en la corriente asombrosa que avanza
donde lavó su cara
con la espuma deshecha,

pero está hecho del agua de los ríos
del oscuro paladar  del viento.


Querrá sobrevivir con el agua al cuello
cuando le haya dicho que la quiso,
antes de morir

Amigo de la cizaña
de los venenos
de los licores
luz que devora

¿Qué palabra grita
cuál rezagada,
quién seca el  abrevadero a las garzas
 y sofoca sus quimeras?

Me gusta escribir desde el rasguño
la pequeña herida de pactos.

Dos ángeles fríos
buscan la hoguera en la nieve,
la sombra delgada
de las mariposas,
la caída de los colibríes.

Han degollado al travesti,
calcinada la encontraron en las veredas
con sus comisuras rotas.
¿para qué la desnudaron?

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DAVID FERNANDO DUKE - PINTOR SALVADOREÑO

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