jueves, 23 de agosto de 2012

CUANDO EN AGOSTO LOS AROMOS




No vendrá nadie a justificar mi razón de vivir.

Yo habito en el río con mis párpados abiertos
en la pluma negra del cormorán,

en el  vértigo de la sombra  que lo vió pasar,

en un   fuego  que me agrieta, 
que mi voz delata
los bosques azules de los chamanes.

No es la sombra  que labora en los sueños
Sueños que no pudieron escribirse
Sin embargo,
es el mar que  murmura arrimándose a la orilla
allí las personas corren aprisa
en las ciudades quebradas,

las que buscan amor en los viejos  trigos,
en la tarde que moja el techo
  
en las casas
sobre los cerros,
y en la invitación olvidada.

La madre  que cosió historias
heredó lejanos arrullos,
en los besos antiguos,
en los solares, en los canchones,

los frutos con obstinación lucen en las estrellas,
en la copa de los pájaros lentos,
que dialogan con la hija no nacida 
que  le dio un apellido a la oscuridad,

así casi desprovista,
arreglé mi equipaje y el paisaje abrió su sendero,
arreglé mi ropa y el rostro borró sus ojos,

las campanas acallan su tañido

oigo en la corriente asombrosa que avanza
donde lavo mi cara
la espuma deshecha,

pero yo estoy echa del agua de los ríos
del oscuro paladar  del viento.


Como un perro a la pierna de su amo te restriegas a mí
Y me ladras,
Tú tienes hambre, y corres tras el alimento,
Y  espero que mires mi mano
Que perdí
Que otro perro  me arrancó de un tarascón.


  
No preguntes por las sombras que aúllan en las aceras
Yo he robado el fuego en los negocios nocturnos,
Donde caen los pordioseros
Fríos y olvidados.

Mi lumbre no apaga lo abandonado,
Por lo helado es firme cimiento para alambrados.

Un tronco apagado afea en el día
Y los martillos la noche la abren la cierran
Al golpear los clavos,
De un portal viejo que su dueño  arregla
una y otra vez
Por querer permanecer en la hora de su juventud,
Así te amo con la necesidad de la luz
en el barro.



Amarte cuando los perros ladran es saber que estás cuando tengo miedo
y se apaga esta tarde el fuego de los domingos,
Y sigue lloviendo.
Mi piel está helada en la ciudad helada,
Y mi boca se inunda de quejas,
Atribuladas las tardes de silencio,
Y las ventanas tienen gris el futuro.


   
Lloras niño entre los escombros de los sinluz
Y nadie abre sus manos ni su boca,
La costumbre es insensible en el vuelo herido de los murciélagos
Y el desplome es porque no hubo un sonido,
Malogrado se ha dormido
Lo ha besado
Como siempre en las escalinatas
Del lúgubre túnel que creyó pasar
al cerrar sus ojos.


   
Cruzamos a un tiempo la acera hacinada de vehículos
Y me sentí desnuda.
No me viste, con los ojos bajos, y sentí que abriste mi secreto.
Nunca estuve sola ni recorrí más costas que tu ombligo,
Sin embargo no me lloras, y yo
Estoy como una golondrina vieja
Contando los pliegues del río.

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DAVID FERNANDO DUKE - PINTOR SALVADOREÑO

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